Paseo por el jardín. Recojo migajas de un pensamiento, luego de otro, a veces lloro y otras sonrío. Muchas veces, suspiro asumiendo.
Sin
más remedio que admitir la vida como ésta se muestra. Quizá siempre fue así,
variable, pasional, diferente, rápida. Una vida que a veces tocaba suelo firme
y otras se ahogaba en arenas movedizas.
Y
a lo mejor en este momento me ahogo con más intensidad, intentando salir a
flote y no mancharme ni asustarme.
¿Se
puede convertir la realidad? ¿Es posible mejorarla?
Con
esfuerzo denostado, batallando en arenas movedizas, solo escucho reproches,
gritos, enfados, ruidos que me emborrachan hasta perder de nuevo el equilibrio
y volver a caer. Que cansancio y que sinrazón.
Y
entre tantas voces y tanto bullicio la miro a ella. Y le pregunto qué es lo que
piensa de toda esta agitación. Quiero tu consejo pequeña, porque tu alma aún es
pura.
Y
me dice que baje las armas, que me alegre y disfrute de este momento especial
y disparejo. Que dentro de unos meses puede que nada sea igual y es posible que
eche de menos estos instantes que hemos disfrutado todos mucho más juntos y de
esta nueva forma de vivir. Que me rinda a ella y la saboree.
Que
fuera hay mucho ruido. La crítica estará siempre sea quien sea el que esté en
el poder. Y que faltan las propuestas, los movimientos pacíficos constructivos
y como no los hay, me insiste en que valore esta situación y saque lo mejor de
ella.
Y
la miro y pienso en la razón que tiene y que no puedo ser más dichosa y
afortunada. Tomaré en cuenta sus palabras…
No es un ángel, es mi hija.


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