martes, 29 de agosto de 2023

 

                                        “EL CIRCO ROMANO Y LAS REDES SOCIALES”





Cuando he leído a Posteguillo (autor entre otros de Los Asesinos del Emperador, Yo Julia, Africanus…), me ha llevado de la mano a contemplar, con esa fuerza literaria que le distingue, la grandiosidad de la sociedad romana, su cultura, sus tradiciones, la fuerza de su clase política, sus senadores, sus emperadores, sus esclavos, sus soldados; todos han desfilado en mi cabeza, como si realmente el reloj del tiempo, me hubiese transportado allí.  

He soñado con sus poetas, sus filósofos, su oratoria. Me ha sorprendido la autoridad de sus emperadores, con su poder ilimitado,  tiránico, con la divinidad marcada en sus genes otorgándoles la potestad sobre lo más valioso que poseemos: la vida.

Aun perteneciendo a las clases más aventajadas, políticos, soldados, jueces o sabios, la vida de estos se hallaba a merced del desequilibrio mental en el que acababan enfrascados los emperadores semidioses.

Uno de los lugares más emblemáticos de la Antigua Roma fue el Circo Romano: espectáculos públicos calificados como eventos de entretenimiento, donde la vida de humanos y animales eran sacrificados para la diversión del pueblo, anheloso de emociones fuertes.

El apetito voraz de la multitud era calmado por la muerte y sangre de los gladiadores, las ejecuciones de criminales o los juegos con animales.

Juegos y diversiones que los emperadores prometían (como lo que sería hoy una buena campaña electoral) para gozar del apoyo del pueblo al que distraían.

Eventos que eran una muestra de crueldad y desensibilización hacia el sufrimiento humano.

Eventos que se llenaban de pulgares arriba o abajo, decidiendo sobre la muerte o salvación: en este caso de quien actuaba de acuerdo a las creencias del pueblo o del pensamiento colectivo.

Estoy segura que si solo hubiese asistido un solo romano al circo, no habría sido capaz de ver los espectáculos, pero la masa otorga un vehemente poderío que termina desensibilizando al individuo mientras le pone una venda en los ojos.

No solo los emperadores llegaban a enfermar del trastorno narcisista de la divinidad; también el pueblo, se convertía en un dios desalmado sin restos de emoción o de compasión, juzgando y decidiendo con un solo gesto sobre el destino de los combatientes.

La vida o la muerte de los personajes que llenaban los circos, estaban a merced de las emociones momentáneas de una multitud embravecida y encolerizada.

Tristeza e ironía cuando veo como el entretenimiento y el juicio público se entrelazaban de una manera tan preocupante.

E inesperadamente desvié la mirada de la Antigua Roma, llevando mis ojos a la sociedad actual.

Y estos se llenaron de lágrimas, de una melancolía inmensa al contemplar cómo, a pesar de todo el tiempo que ha pasado, pude sentir que la sociedad no ha cambiado: si ha evolucionado la tecnología gracias a los científicos, pero nuestro cerebro sigue emitiendo la misma reacción primitiva como respuesta a los vaivenes de la vida.

Y he podido ver un nuevo Circo Romano, formado por luchadores, políticos, emperadores y como no, el pueblo, el más despótico y cruel de los jueces.

Ese mismo pueblo que presenciaba el entretenimiento de los circos, hoy asiste al que nos brindan los medios periodísticos y el poder, sin darnos cuenta que nos sume en un letargo y un aturdimiento, que nos va alejando de lo más valioso en la vida: nuestra propia esencia.

Al igual que vociferaban mostrando su pulgar abajo con furia para someter al perdedor, hoy el pueblo asiste a un juicio continuo sobre actuaciones, vidas ajenas y personajes que nos brindan los medios a través del aparato más hipnótico que existe: nuestro teléfono.

Ya ni siquiera tienes que caminar hacia el espectáculo: el circo va con nosotros, nos acompaña, nos deleita, nos entretiene, incluso nos hace compañía.

Es el momento de la historia del hombre que lo tenemos todo a nuestro alcance; las redes sociales nos han permitido relacionarnos más, reencontrarnos con un viejo amigo de la infancia o un antiguo amor, pero la soledad y la depresión se han disparado a niveles anormalmente altos. Hoy el antidepresivo es la medicación más tomada en las sociedades avanzadas.

A medida que las Redes Sociales se han ido enraizando en nuestras vidas, la capacidad de ser, de pensar, de reflexionar, incluso de amar, se ha ido evaporando.

Y también ha creado una potente y peligrosa herramienta: una nueva forma de juicio rápido, que quizá esconde la tristeza de una soledad no elegida y que nos inquieta.

Por la razón que sea, observo que seguimos siendo espectadores no ya de un circo romano, sino de las vidas ajenas, en una plataforma publica donde nos sentimos fuertes y escuchados y compartimos opiniones, juicios y críticas de una manera brutal y despiadada.

Aunque en este circo actual no hay sangre, lo veo más feroz, más iracundo y más dispuesto a defender sin argumentar, solo acompañados del grito. Más polarización y más inestabilidad nos distingue y nos separa.

Y no quiero mirar porque pienso que hay un mundo más suave y más bondadoso, donde la amabilidad es la reina y el amor el rey.

Y yo me pregunto: ¿Quién soy yo para juzgar a un hombre, sus actos, sin conocer su vida, su pasado o su presente, sus circunstancias, su dolor o su amor?

Es más…conociendo todo esto, ¿quién soy yo para juzgar, para levantar el pulgar y decidir sobre el final feliz o infortunado de alguien, que un día, por las razones o motivos que fueran, se encontró luchando en un circo?

Como jaurías embravecidas, manadas encolerizadas, gritamos tan alto nuestro juicio y nuestra opinión, que ya no nos podemos oír a nosotros mismos.

Pero si, hay un mundo que yace debajo de esta parodia, un mundo al que puedes mirar y te hará sonreír: está dentro de ti.

 

 

 

 

 

domingo, 29 de noviembre de 2020

CUANDO YO SEA MI OTRA MITAD


Te asomarás con unas rosas en la mano para llenar de nuevo ese jarrón que hoy está desocupado.

Y sin perder tiempo, dejaremos que la cámara nos retrate y exponga la huella del amor en ese marco que hoy se halla ocioso.

Esta vez no habrá equivocaciones ni errores. Aunque tampoco los hubo en el pasado. Pero si quizá evité confrontar lo que era indudable ciertamente por mis propios miedos.

Y no me entiendas mal querida vida. El pasado fue un agraciado maestro y cada gota de lo vivido me ha convertido en mi actual yo.

Sublimes experiencias pero que en algún momento de la vida se hicieron añicos.

Intento analizar con el mejor de los prismas por qué sucedió:

¿Fue la miseria humana, quizá los desencuentros, o la falta de honestidad del uno con el otro cuando ya no éramos nosotros mismos sino el reflejo de lo que quería el otro que fuésemos?

Pero pienso…y qué más da cuál fue la razón si me gusta mi presente y éste se construyó con mi pasado a quién le debo todo. 

Hoy estoy aprendiendo a entusiasmarme conmigo misma, sin necesidad de ese abrazo ajeno que solía anhelar.

Entonces, en el momento en que yo me convierta en mi otra mitad, te buscaré con la certeza de que te encontraré. Y aquí te esperaré.

Cogerás mi mano y sé que ya no la soltarás.

Porque nadie que te ama de verdad te deja partir. Ni tampoco te aprisiona.

Porque serás honesto conmigo y dejarás que las palabras te definan tal y como eres.

Porque me contarás que te duele y que es desacertado.  

Porque hablaremos sin cansarnos de nuestros miedos, nuestras imprudencias, nuestras risas y nuestras otras vidas.

Porque serás valiente en las emociones y me dirás lo que me quieres y lo que no si eso sucede.

Porque igual que yo, sabrás bien cuando mi alma necesita una charla imperecedera o mi cuerpo un abrazo.

Y me pedirás que te cuide como siempre me ha gustado hacer.

Y agradecerás que te cuide como siempre he deseado escuchar.

Y nos olvidaremos del mundo porque el mundo ya se habrá olvidado de nosotros. Llenaré ese jarrón con tus rosas y ese marco nos regalará una mágica imagen.

Volverás cuando yo ya sea mi otra mitad. 



jueves, 26 de noviembre de 2020

El día que te pedí consejo en mitad del confinamiento (17 de mayo 2020)

 

Paseo por el jardín. Recojo migajas de un pensamiento, luego de otro, a veces lloro y otras sonrío. Muchas veces, suspiro asumiendo.

 

Sin más remedio que admitir la vida como ésta se muestra. Quizá siempre fue así, variable, pasional, diferente, rápida. Una vida que a veces tocaba suelo firme y otras se ahogaba en arenas movedizas.

 

Y a lo mejor en este momento me ahogo con más intensidad, intentando salir a flote y no mancharme ni asustarme.

¿Se puede convertir la realidad? ¿Es posible mejorarla?

 

Con esfuerzo denostado, batallando en arenas movedizas, solo escucho reproches, gritos, enfados, ruidos que me emborrachan hasta perder de nuevo el equilibrio y volver a caer. Que cansancio y que sinrazón.

 

Y entre tantas voces y tanto bullicio la miro a ella. Y le pregunto qué es lo que piensa de toda esta agitación. Quiero tu consejo pequeña, porque tu alma aún es pura.

 

Y me dice que baje las armas, que me alegre y disfrute de este momento especial y disparejo. Que dentro de unos meses puede que nada sea igual y es posible que eche de menos estos instantes que hemos disfrutado todos mucho más juntos y de esta nueva forma de vivir. Que me rinda a ella y la saboree.

 

Que fuera hay mucho ruido. La crítica estará siempre sea quien sea el que esté en el poder. Y que faltan las propuestas, los movimientos pacíficos constructivos y como no los hay, me insiste en que valore esta situación y saque lo mejor de ella.

 

Y la miro y pienso en la razón que tiene y que no puedo ser más dichosa y afortunada. Tomaré en cuenta sus palabras…

 

No es un ángel, es mi hija.

 

 

viernes, 14 de febrero de 2020

San Valentín en el Gran Teatro de la Vida




Quiero llenar este párrafo de palabras bonitas, entrañables, llenas de ternura, llenas de emociones y de agradecimientos eternos.

Y empiezo contigo querida hija. Quiero decirte lo inmensamente feliz que soy por tenerte cerca y por compartir contigo esta colosal obra de la vida. Por vivirla juntas en el escenario. Por compartir conmigo los papeles de madre e hija que a veces, por caprichos de la vida, se intercambian convirtiéndote en una pequeña y curiosa mamá y yo en una alocada adolescente.

Hace 18 años que empezaste a actuar entre los atolladeros de la vida. A veces te tocaba reír, otras veces llorar. La mayor parte del tiempo encarnas tu papel de personita que crece y va mirando, indagando, resolviendo y también enredando. Actuando entre bastidores, otras veces entre bambalinas para luego hacer un papel protagonista a tu medida en el escenario.

Me siento agradecida, afortunada por tener que idear ese papel de madre sin guion previo, sin enseñanzas, sin ensayos, sin maestros. Pero gozando cuando salgo a escena.

Cuando recito mal o no recuerdo las palabras, cuando me vienen aquellas que no son…y no aquellas que me dieron para aprender. Pero cuando me veo allí en el teatro contigo a mi lado, no puedo dejar de sonreír y agradecer.
Valiente, segura, serena, recitas, actúas. Eres tú cuando cantas, cuando te caes, cuando te levantas, cuando te conviertes en la protagonista de esta gran obra.
Te miro y pienso que he tenido la suerte de ser distinguida con este papel de madre y poder verte actuar cada día, aplaudirte o corregirte… a veces sin razón, pero siempre con el corazón a un lado.

Con una suave melodía de piano de fondo pienso en la inmensa suerte de compartir contigo esta grandiosa obra de teatro: el teatro de la Vida.
Que todos los días sean San Valentín pequeña!










domingo, 4 de noviembre de 2018

ACTIVA TU SONRISA, INTEGRA TU SONRISA





¿ERES FELIZ, TE SIENTES BIEN? ¿SABES CÓMO SERLO EN DOS SENCILLOS PASOS?


Somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia entonces no es un acto, es un hábito. Me encanta esta cita de Aristóteles tan real como práctica que me ha servido para ir construyendo hábitos excelentes.

Recuerdo tiempos en los que me sentía perdida y apenas encontraba razones para sonreír.


Y entonces, sin saber muy bien ni cómo, ni cuándo, ni dónde me tuve que parar y responder a una pregunta muy sencilla ¿Eres feliz? La respuesta era no, claramente. Y ¿quieres serlo? La respuesta era sí, claramente.


Empecé a leer libros, fui a cursos, conocí a gente que me ayudó y como primer paso comprendí algo muy básico que me ayudaría a convertirme en quien hoy soy: la repetición es la madre del aprendizaje y de la excelencia, siendo ésta una poderosa herramienta para la enseñanza apunta Robin Sharma, un destacado motivador y escritor. Primero repite, luego integra.


Y eso hice con algo muy importante. La sonrisa.


Así que decidí repetirla cada día, en cada despertar, en cada momento de tensión que te puedo asegurar que fueron y siguen siendo muchos, en cada reunión con mi jefe para despellejarme viva con los objetivos, cada vez que me atrapaba el tráfico en horas punta, cuando te cancelan una cena romántica por un partido de futbol… o incluso en  los instantes de desidia en los que no avanzas.
Pero también me aventuré a ofrecer una sonrisa en los momentos memorables, cuando nos llevan a cenar, nos devuelve el dinero hacienda o cogemos las maletas dispuestos a perdernos en el viaje soñado. 

Te voy a hacer una pregunta. Sé honesto y dime… ¿cuántas veces sonríes a lo largo del día? Más bien pocas, preferimos dejarnos acompañar por una mueca de indiferencia o contrariedad, que además nos avejenta.


Eduard Punset dice que la mejor manera de ser infeliz, es pretender ser feliz eternamente. Pero yo te digo que la mejor manera de ser feliz es dibujar eternamente una sonrisa.


Esta puede empezar siendo forzada, pero aunque sea así, algo mágico sucede por dentro cuando la trazas en tu cara.


La postura determina tu estado de ánimo y la sonrisa te ayuda a recuperarte.












Pruébalo. Sonríe. Con razón o sin ella y verás cómo cambias la forma de ver las cosas porque dulcifica todo a tu alrededor.
Tengo un plan para ti en dos pasos. 


Primer paso: durante 10 días, recuerda contantemente que tienes que sonreír. 





Prueba a despertarte cada día con una sonrisa, independientemente de tus emociones, de si llueve, de si tienes que ir a trabajar o es fin de semana. Sonríe en la ducha, mientras comes, mientras te mueres de apatía en un reunión de trabajo, o cuando escuchas los consejos únicos de tu madre…Sonríe hasta que tus ojos dibujen esa sonrisa. Escríbelo en una hoja, ponla en tu mesilla y grábalo en tu retina cada noche. 
La repetición durante esos diez días hará que esa gesto se convierta  en un hábito. Y en este caso, en un excelente hábito. 

Segundo paso: integra tu sonrisa en tu corazón.
Y ¿cómo lo haces?
Sonríe de verdad, hacia dentro. Deja esa sonrisa anclada en tu corazón mientras le susurras que quieres tenerlo lleno de fuerza, de endorfinas y de alegría. 

Una vez integrada allí, la sonrisa se convertirá en tu mayor tesoro. Disfrutarás más de la vida, te lo puedo asegurar; de buenos y malos momentos. Y serás consciente de que cada minuto sonriendo es rejuvenecer y es salud. No te olvides, lleva siempre anclada tu sonrisa






















































































































































































































































































































































































































































































































































































































































domingo, 17 de junio de 2018

TENGO MIEDO

¿Has tenido miedo alguna vez? ¿Te ha bloqueado y no has sabido reaccionar? ¿Has esperado a que se fuera, asustado? Yo también. Y aquí te lo cuento. Pero es una historia con final feliz. Hoy te puedo decir que entablé una cordial relación con el miedo y me enseñó muchas cosas. Entre ellas que siempre volverá pero no continuamente a asustarme, puede que sólo a mantener una agradable conversación y una afable enseñanza.








Tengo miedo. Hoy, el miedo me ha atrapado con toda su fuerza amordazándome el estómago y acelerando mi respiración. Como un repicar continuo en mi cabeza, el miedo me ha estado repitiendo qué puedo fallar como profesional, como persona, como madre, como amiga, como pareja.

En ese momento, me ha paralizado y me ha hecho llorar, invitándome a aislarme del mundo y diciéndome que esto solo me pasa a mí.

Y allí me mantiene, pegada a la silla, estática sin poder o querer reaccionar. Sin saber qué rumbo tomar.


Y me quedo sentada, viendo cómo se volatiliza el tiempo entre los dedos y no lo puedo retener; minutos de oro que se me escapan, que no aprovecho y que me castigan con una voz que resuena en mi interior: “Pierdes el tiempo; no sabes avanzar. Mientras la vida pasa, tú te paras”.

Y me castigan recordándome que quizá no he sido buena madre. O buena amiga, quizá tampoco he sido buena hija o buena pareja.

Esos minutos impregnados de miedo me recuerdan que estoy sola, que no valgo lo suficiente o que no me organizo bien.

Y que el mundo a mi alrededor no es más que un caos en el que nunca podré poner orden.

Y temo por mí como persona y me asusto. 


Y rígida, sentada en mi mesa, ante una hoja en blanco, no sé si escribir porque pienso que lo hago mal; no sé si bajar a escuchar a mis hijos porque quizá no soy la mejor madre; no sé si llamar a esa persona especial que me cuida y me quiere porque temo perderla si soy muy intensa.

No sé si dejar todo e ir a correr pero en estos momentos de ansiedad, mis piernas no me responden.

Sé que tengo miedo. Miedo a fracasar, miedo a perder.

Me miro al espejo. El pelo está seco sin brillo, como mi piel, como mi alma. 



Miro la hoja en blanco y algo se revuelve en mí: voy a escribir. Me pregunto por qué estoy paralizada. Me doy cuenta que tengo que mirar al miedo, invitarle y acogerlo como un huésped más en casa. Con una sonrisa, con tranquilidad, con una música suave de fondo le voy a hablar. Y le voy a contar con cariño cómo ha sido mi día, como ha empezado y cómo va a acabar.

Pero la pluma deja de escribir, quizá temerosa de las palabras que puedan brotar. Se queda sin tinta en un último intento del miedo de vencerme y quitarme las únicas armas con las que puedo luchar.

Pero no, la pluma ha decidido escribir y el miedo lo va a leer.

Querido miedo: déjame contarte como ha sido mi día y como soy yo.

Hoy me he despertado con una sonrisa dando gracias a la vida. Del mismo modo, he dado gracias a mi cuerpo porque está sano y me permite moverme.

Antes de ir a trabajar, he disfrutado de un placentero momento de ejercicio físico que me ha generado adrenalina y no sé cuántas hormonas más de la felicidad.
He tenido un día productivo en el trabajo. No soy la que mejor desempeño tiene en la oficina, pero lo que hago, lo hago feliz y eso no es fácil de encontrar. Es asombroso tener un trabajo con el que disfruto cada día y que agradezco. Mirando al miedo a los ojos, he visto que el temor a fracasar no es más que un arma invisible que usa para bloquearme.



Hoy he podido reunirme antes con mis hijos. Un auténtico placer que quizá ellos no valoran como yo porque yo soy su madre y a veces las emociones chocan. Y hoy ha pasado. Por eso, el miedo quizá ha visto una puerta abierta y ha querido volver a entrar.

Y me ha culpado por no hacerlo bien como madre. 


Y en esta hoja de papel, le he escrito solo una cosa; “no sé hacerlo mejor. Además todo lo que hago lo hago siempre desde el corazón; nunca voy a actuar desde el miedo”.

Y como por arte de magia, ha empezado a hacerse pequeño aunque he  seguido contándole cosas. Le he detallado cómo es mi relación amorosa. Una relación que me llena y cuando el miedo me visita siempre me advierte de los peligros de dejar el corazón sin protecciones. 

“Tienes que cubrirlo con una coraza querida amiga, me dice, porque las relaciones nunca son eternas y él un día puede irse, cansado de que no le llenes o quizá buscando nuevas emociones”. 


Pero ahí también le he sonreído  y le he comentado que no creo que él se canse y aunque así sucediera, yo no temo estar sola. Y que si él un día desapareciese, lo haría con todo mi amor, con todo lo bueno mío que quisiera llevarse. 


Y mirándole a los ojos, le he preguntado: “¿miedo, tienes algo más que decirme?” Bajando la cabeza, el miedo se ha ido retirando, dando marcha atrás y sin embargo, prometiéndome volver. 


No te preocupes, aquí estaré yo, esperándote con una gran sonrisa y con los brazos abiertos. Gracias por venir a visitarme.

Fdo: una amiga del miedo

                                           “EL CIRCO ROMANO Y LAS REDES SOCIALES” Cuando he leído a Posteguillo (autor entre otros de Los ...