“EL CIRCO ROMANO Y LAS REDES SOCIALES”
Cuando he leído a
Posteguillo (autor entre otros de Los Asesinos del Emperador, Yo Julia,
Africanus…), me ha llevado de la mano a contemplar, con esa fuerza literaria
que le distingue, la grandiosidad de la sociedad romana, su cultura, sus
tradiciones, la fuerza de su clase política, sus senadores, sus emperadores,
sus esclavos, sus soldados; todos han desfilado en mi cabeza, como si realmente
el reloj del tiempo, me hubiese transportado allí.
He soñado con sus poetas,
sus filósofos, su oratoria. Me ha sorprendido la autoridad de sus emperadores,
con su poder ilimitado, tiránico, con la
divinidad marcada en sus genes otorgándoles la potestad sobre lo más valioso
que poseemos: la vida.
Aun perteneciendo a las
clases más aventajadas, políticos, soldados, jueces o sabios, la vida de estos se
hallaba a merced del desequilibrio mental en el que acababan enfrascados los
emperadores semidioses.
Uno de los lugares más
emblemáticos de la Antigua Roma fue el Circo Romano: espectáculos públicos
calificados como eventos de entretenimiento, donde la vida de humanos y
animales eran sacrificados para la diversión del pueblo, anheloso de emociones
fuertes.
El apetito voraz de la
multitud era calmado por la muerte y sangre de los gladiadores, las ejecuciones
de criminales o los juegos con animales.
Juegos y diversiones que
los emperadores prometían (como lo que sería hoy una buena campaña electoral)
para gozar del apoyo del pueblo al que distraían.
Eventos que eran una
muestra de crueldad y desensibilización hacia el sufrimiento humano.
Eventos que se llenaban de
pulgares arriba o abajo, decidiendo sobre la muerte o salvación: en este caso
de quien actuaba de acuerdo a las creencias del pueblo o del pensamiento
colectivo.
Estoy segura que si solo hubiese asistido un solo romano al circo, no habría sido capaz de ver los espectáculos,
pero la masa otorga un vehemente poderío que termina desensibilizando al
individuo mientras le pone una venda en los ojos.
No solo los emperadores
llegaban a enfermar del trastorno narcisista de la divinidad; también el
pueblo, se convertía en un dios desalmado sin restos de emoción o de compasión,
juzgando y decidiendo con un solo gesto sobre el destino de los combatientes.
La vida o la muerte de los
personajes que llenaban los circos, estaban a merced de las emociones
momentáneas de una multitud embravecida y encolerizada.
Tristeza e ironía cuando
veo como el entretenimiento y el juicio público se entrelazaban de una manera
tan preocupante.
E inesperadamente desvié
la mirada de la Antigua Roma, llevando mis ojos a la sociedad actual.
Y estos se llenaron de lágrimas,
de una melancolía inmensa al contemplar cómo, a pesar de todo el tiempo que ha
pasado, pude sentir que la sociedad no ha cambiado: si ha evolucionado la tecnología
gracias a los científicos, pero nuestro cerebro sigue emitiendo la misma
reacción primitiva como respuesta a los vaivenes de la vida.
Y he podido ver un nuevo Circo
Romano, formado por luchadores, políticos, emperadores y como no, el pueblo, el
más despótico y cruel de los jueces.
Ese mismo pueblo que presenciaba
el entretenimiento de los circos, hoy asiste al que nos brindan los medios periodísticos
y el poder, sin darnos cuenta que nos sume en un letargo y un aturdimiento, que
nos va alejando de lo más valioso en la vida: nuestra propia esencia.
Al igual que vociferaban
mostrando su pulgar abajo con furia para someter al perdedor, hoy el pueblo
asiste a un juicio continuo sobre actuaciones, vidas ajenas y personajes que nos
brindan los medios a través del aparato más hipnótico que existe: nuestro teléfono.
Ya ni siquiera tienes que
caminar hacia el espectáculo: el circo va con nosotros, nos acompaña, nos
deleita, nos entretiene, incluso nos hace compañía.
Es el momento de la
historia del hombre que lo tenemos todo a nuestro alcance; las redes sociales
nos han permitido relacionarnos más, reencontrarnos con un viejo amigo de la
infancia o un antiguo amor, pero la soledad y la depresión se han disparado a niveles
anormalmente altos. Hoy el antidepresivo es la medicación más tomada en las
sociedades avanzadas.
A medida que las Redes
Sociales se han ido enraizando en nuestras vidas, la capacidad de ser, de
pensar, de reflexionar, incluso de amar, se ha ido evaporando.
Y también ha creado una
potente y peligrosa herramienta: una nueva forma de juicio rápido, que quizá esconde
la tristeza de una soledad no elegida y que nos inquieta.
Por la razón que sea,
observo que seguimos siendo espectadores no ya de un circo romano, sino de las
vidas ajenas, en una plataforma publica donde nos sentimos fuertes y escuchados
y compartimos opiniones, juicios y críticas de una manera brutal y despiadada.
Aunque en este circo
actual no hay sangre, lo veo más feroz, más iracundo y más dispuesto a defender
sin argumentar, solo acompañados del grito. Más polarización y más
inestabilidad nos distingue y nos separa.
Y no quiero mirar porque
pienso que hay un mundo más suave y más bondadoso, donde la amabilidad es la reina
y el amor el rey.
Y yo me pregunto: ¿Quién soy
yo para juzgar a un hombre, sus actos, sin conocer su vida, su pasado o su
presente, sus circunstancias, su dolor o su amor?
Es más…conociendo todo
esto, ¿quién soy yo para juzgar, para levantar el pulgar y decidir sobre el
final feliz o infortunado de alguien, que un día, por las razones o motivos que
fueran, se encontró luchando en un circo?
Como jaurías embravecidas,
manadas encolerizadas, gritamos tan alto nuestro juicio y nuestra opinión, que
ya no nos podemos oír a nosotros mismos.
Pero si, hay un mundo que
yace debajo de esta parodia, un mundo al que puedes mirar y te hará sonreír: está
dentro de ti.

