¿Has tenido miedo alguna vez? ¿Te ha bloqueado y no has sabido reaccionar? ¿Has esperado a que se fuera, asustado? Yo también. Y aquí te lo cuento. Pero es una historia con final feliz. Hoy te puedo decir que entablé una cordial relación con el miedo y me enseñó muchas cosas. Entre ellas que siempre volverá pero no continuamente a asustarme, puede que sólo a mantener una agradable conversación y una afable enseñanza.
Tengo
miedo. Hoy, el miedo me ha atrapado con toda su fuerza amordazándome el
estómago y acelerando mi respiración. Como un repicar continuo en mi cabeza, el
miedo me ha estado repitiendo qué puedo fallar como profesional, como persona,
como madre, como amiga, como pareja.
En
ese momento, me ha paralizado y me ha hecho llorar, invitándome a aislarme del
mundo y diciéndome que esto solo me pasa a mí.
Y
allí me mantiene, pegada a la silla, estática sin poder o querer reaccionar.
Sin saber qué rumbo tomar.
Y
me quedo sentada, viendo cómo se volatiliza el tiempo entre los dedos y no lo
puedo retener; minutos de oro que se me escapan, que no aprovecho y que me
castigan con una voz que resuena en mi interior: “Pierdes el tiempo; no sabes
avanzar. Mientras la vida pasa, tú te paras”.
Y
me castigan recordándome que quizá no he sido buena madre. O buena amiga, quizá
tampoco he sido buena hija o buena pareja.
Esos
minutos impregnados de miedo me recuerdan que estoy sola, que no valgo lo
suficiente o que no me organizo bien.
Y
que el mundo a mi alrededor no es más que un caos en el que nunca podré poner
orden.
Y
temo por mí como persona y me asusto.
Y
rígida, sentada en mi mesa, ante una hoja en blanco, no sé si escribir porque
pienso que lo hago mal; no sé si bajar a escuchar a mis hijos porque quizá no
soy la mejor madre; no sé si llamar a esa persona especial que me cuida y me
quiere porque temo perderla si soy muy intensa.
No
sé si dejar todo e ir a correr pero en estos momentos de ansiedad, mis piernas
no me responden.
Sé
que tengo miedo. Miedo a fracasar, miedo a perder.
Me
miro al espejo. El pelo está seco sin brillo, como mi piel, como mi alma.
Miro
la hoja en blanco y algo se revuelve en mí: voy a escribir. Me pregunto por qué
estoy paralizada. Me doy cuenta que tengo que mirar al miedo, invitarle y
acogerlo como un huésped más en casa. Con una sonrisa, con tranquilidad, con
una música suave de fondo le voy a hablar. Y le voy a contar con cariño cómo ha
sido mi día, como ha empezado y cómo va a acabar.
Pero
la pluma deja de escribir, quizá temerosa de las palabras que puedan brotar. Se
queda sin tinta en un último intento del miedo de vencerme y quitarme las
únicas armas con las que puedo luchar.
Pero
no, la pluma ha decidido escribir y el miedo lo va a leer.
Querido miedo: déjame contarte como ha sido mi día y como soy
yo.
Hoy
me he despertado con una sonrisa dando gracias a la vida. Del mismo modo, he
dado gracias a mi cuerpo porque está sano y me permite moverme.
Antes de ir a
trabajar, he disfrutado de un placentero momento de ejercicio físico que me ha
generado adrenalina y no sé cuántas hormonas más de la felicidad.
He
tenido un día productivo en el trabajo. No soy la que mejor desempeño tiene en
la oficina, pero lo que hago, lo hago feliz y eso no es fácil de encontrar. Es
asombroso tener un trabajo con el que disfruto cada día y que agradezco.
Mirando al miedo a los ojos, he visto que el temor a fracasar no es más que un
arma invisible que usa para bloquearme.
Hoy
he podido reunirme antes
con mis hijos. Un auténtico placer que quizá ellos no valoran como yo porque yo
soy su madre y a veces las emociones chocan. Y hoy ha pasado. Por eso, el miedo
quizá ha visto una puerta abierta y ha querido volver a entrar.
Y
me ha culpado por no hacerlo bien como madre.
Y
en esta hoja de papel, le he escrito solo una cosa; “no sé hacerlo mejor.
Además todo lo que hago lo hago siempre desde el corazón; nunca voy a actuar
desde el miedo”.
Y
como por arte de magia, ha empezado a hacerse pequeño aunque he seguido
contándole cosas. Le he detallado cómo es mi relación amorosa. Una relación que
me llena y cuando el miedo me visita siempre me advierte de los peligros de
dejar el corazón sin protecciones.
“Tienes que cubrirlo con una coraza querida amiga,
me dice, porque las relaciones nunca son eternas y él un día puede irse,
cansado de que no le llenes o quizá buscando nuevas emociones”.
Pero
ahí también le he sonreído y le he comentado que no creo que él se canse
y aunque así sucediera, yo no temo estar sola. Y que si él un día desapareciese,
lo haría con todo mi amor, con todo lo bueno mío que quisiera llevarse.
Y
mirándole a los ojos, le he preguntado: “¿miedo, tienes algo más que decirme?”
Bajando la cabeza, el miedo se ha ido retirando, dando marcha atrás y sin
embargo, prometiéndome volver.
No
te preocupes, aquí estaré yo, esperándote con una gran sonrisa y con los brazos
abiertos. Gracias por venir a visitarme.
Fdo:
una amiga del miedo






