domingo, 4 de noviembre de 2018

ACTIVA TU SONRISA, INTEGRA TU SONRISA





¿ERES FELIZ, TE SIENTES BIEN? ¿SABES CÓMO SERLO EN DOS SENCILLOS PASOS?


Somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia entonces no es un acto, es un hábito. Me encanta esta cita de Aristóteles tan real como práctica que me ha servido para ir construyendo hábitos excelentes.

Recuerdo tiempos en los que me sentía perdida y apenas encontraba razones para sonreír.


Y entonces, sin saber muy bien ni cómo, ni cuándo, ni dónde me tuve que parar y responder a una pregunta muy sencilla ¿Eres feliz? La respuesta era no, claramente. Y ¿quieres serlo? La respuesta era sí, claramente.


Empecé a leer libros, fui a cursos, conocí a gente que me ayudó y como primer paso comprendí algo muy básico que me ayudaría a convertirme en quien hoy soy: la repetición es la madre del aprendizaje y de la excelencia, siendo ésta una poderosa herramienta para la enseñanza apunta Robin Sharma, un destacado motivador y escritor. Primero repite, luego integra.


Y eso hice con algo muy importante. La sonrisa.


Así que decidí repetirla cada día, en cada despertar, en cada momento de tensión que te puedo asegurar que fueron y siguen siendo muchos, en cada reunión con mi jefe para despellejarme viva con los objetivos, cada vez que me atrapaba el tráfico en horas punta, cuando te cancelan una cena romántica por un partido de futbol… o incluso en  los instantes de desidia en los que no avanzas.
Pero también me aventuré a ofrecer una sonrisa en los momentos memorables, cuando nos llevan a cenar, nos devuelve el dinero hacienda o cogemos las maletas dispuestos a perdernos en el viaje soñado. 

Te voy a hacer una pregunta. Sé honesto y dime… ¿cuántas veces sonríes a lo largo del día? Más bien pocas, preferimos dejarnos acompañar por una mueca de indiferencia o contrariedad, que además nos avejenta.


Eduard Punset dice que la mejor manera de ser infeliz, es pretender ser feliz eternamente. Pero yo te digo que la mejor manera de ser feliz es dibujar eternamente una sonrisa.


Esta puede empezar siendo forzada, pero aunque sea así, algo mágico sucede por dentro cuando la trazas en tu cara.


La postura determina tu estado de ánimo y la sonrisa te ayuda a recuperarte.












Pruébalo. Sonríe. Con razón o sin ella y verás cómo cambias la forma de ver las cosas porque dulcifica todo a tu alrededor.
Tengo un plan para ti en dos pasos. 


Primer paso: durante 10 días, recuerda contantemente que tienes que sonreír. 





Prueba a despertarte cada día con una sonrisa, independientemente de tus emociones, de si llueve, de si tienes que ir a trabajar o es fin de semana. Sonríe en la ducha, mientras comes, mientras te mueres de apatía en un reunión de trabajo, o cuando escuchas los consejos únicos de tu madre…Sonríe hasta que tus ojos dibujen esa sonrisa. Escríbelo en una hoja, ponla en tu mesilla y grábalo en tu retina cada noche. 
La repetición durante esos diez días hará que esa gesto se convierta  en un hábito. Y en este caso, en un excelente hábito. 

Segundo paso: integra tu sonrisa en tu corazón.
Y ¿cómo lo haces?
Sonríe de verdad, hacia dentro. Deja esa sonrisa anclada en tu corazón mientras le susurras que quieres tenerlo lleno de fuerza, de endorfinas y de alegría. 

Una vez integrada allí, la sonrisa se convertirá en tu mayor tesoro. Disfrutarás más de la vida, te lo puedo asegurar; de buenos y malos momentos. Y serás consciente de que cada minuto sonriendo es rejuvenecer y es salud. No te olvides, lleva siempre anclada tu sonrisa






















































































































































































































































































































































































































































































































































































































































domingo, 17 de junio de 2018

TENGO MIEDO

¿Has tenido miedo alguna vez? ¿Te ha bloqueado y no has sabido reaccionar? ¿Has esperado a que se fuera, asustado? Yo también. Y aquí te lo cuento. Pero es una historia con final feliz. Hoy te puedo decir que entablé una cordial relación con el miedo y me enseñó muchas cosas. Entre ellas que siempre volverá pero no continuamente a asustarme, puede que sólo a mantener una agradable conversación y una afable enseñanza.








Tengo miedo. Hoy, el miedo me ha atrapado con toda su fuerza amordazándome el estómago y acelerando mi respiración. Como un repicar continuo en mi cabeza, el miedo me ha estado repitiendo qué puedo fallar como profesional, como persona, como madre, como amiga, como pareja.

En ese momento, me ha paralizado y me ha hecho llorar, invitándome a aislarme del mundo y diciéndome que esto solo me pasa a mí.

Y allí me mantiene, pegada a la silla, estática sin poder o querer reaccionar. Sin saber qué rumbo tomar.


Y me quedo sentada, viendo cómo se volatiliza el tiempo entre los dedos y no lo puedo retener; minutos de oro que se me escapan, que no aprovecho y que me castigan con una voz que resuena en mi interior: “Pierdes el tiempo; no sabes avanzar. Mientras la vida pasa, tú te paras”.

Y me castigan recordándome que quizá no he sido buena madre. O buena amiga, quizá tampoco he sido buena hija o buena pareja.

Esos minutos impregnados de miedo me recuerdan que estoy sola, que no valgo lo suficiente o que no me organizo bien.

Y que el mundo a mi alrededor no es más que un caos en el que nunca podré poner orden.

Y temo por mí como persona y me asusto. 


Y rígida, sentada en mi mesa, ante una hoja en blanco, no sé si escribir porque pienso que lo hago mal; no sé si bajar a escuchar a mis hijos porque quizá no soy la mejor madre; no sé si llamar a esa persona especial que me cuida y me quiere porque temo perderla si soy muy intensa.

No sé si dejar todo e ir a correr pero en estos momentos de ansiedad, mis piernas no me responden.

Sé que tengo miedo. Miedo a fracasar, miedo a perder.

Me miro al espejo. El pelo está seco sin brillo, como mi piel, como mi alma. 



Miro la hoja en blanco y algo se revuelve en mí: voy a escribir. Me pregunto por qué estoy paralizada. Me doy cuenta que tengo que mirar al miedo, invitarle y acogerlo como un huésped más en casa. Con una sonrisa, con tranquilidad, con una música suave de fondo le voy a hablar. Y le voy a contar con cariño cómo ha sido mi día, como ha empezado y cómo va a acabar.

Pero la pluma deja de escribir, quizá temerosa de las palabras que puedan brotar. Se queda sin tinta en un último intento del miedo de vencerme y quitarme las únicas armas con las que puedo luchar.

Pero no, la pluma ha decidido escribir y el miedo lo va a leer.

Querido miedo: déjame contarte como ha sido mi día y como soy yo.

Hoy me he despertado con una sonrisa dando gracias a la vida. Del mismo modo, he dado gracias a mi cuerpo porque está sano y me permite moverme.

Antes de ir a trabajar, he disfrutado de un placentero momento de ejercicio físico que me ha generado adrenalina y no sé cuántas hormonas más de la felicidad.
He tenido un día productivo en el trabajo. No soy la que mejor desempeño tiene en la oficina, pero lo que hago, lo hago feliz y eso no es fácil de encontrar. Es asombroso tener un trabajo con el que disfruto cada día y que agradezco. Mirando al miedo a los ojos, he visto que el temor a fracasar no es más que un arma invisible que usa para bloquearme.



Hoy he podido reunirme antes con mis hijos. Un auténtico placer que quizá ellos no valoran como yo porque yo soy su madre y a veces las emociones chocan. Y hoy ha pasado. Por eso, el miedo quizá ha visto una puerta abierta y ha querido volver a entrar.

Y me ha culpado por no hacerlo bien como madre. 


Y en esta hoja de papel, le he escrito solo una cosa; “no sé hacerlo mejor. Además todo lo que hago lo hago siempre desde el corazón; nunca voy a actuar desde el miedo”.

Y como por arte de magia, ha empezado a hacerse pequeño aunque he  seguido contándole cosas. Le he detallado cómo es mi relación amorosa. Una relación que me llena y cuando el miedo me visita siempre me advierte de los peligros de dejar el corazón sin protecciones. 

“Tienes que cubrirlo con una coraza querida amiga, me dice, porque las relaciones nunca son eternas y él un día puede irse, cansado de que no le llenes o quizá buscando nuevas emociones”. 


Pero ahí también le he sonreído  y le he comentado que no creo que él se canse y aunque así sucediera, yo no temo estar sola. Y que si él un día desapareciese, lo haría con todo mi amor, con todo lo bueno mío que quisiera llevarse. 


Y mirándole a los ojos, le he preguntado: “¿miedo, tienes algo más que decirme?” Bajando la cabeza, el miedo se ha ido retirando, dando marcha atrás y sin embargo, prometiéndome volver. 


No te preocupes, aquí estaré yo, esperándote con una gran sonrisa y con los brazos abiertos. Gracias por venir a visitarme.

Fdo: una amiga del miedo

                                           “EL CIRCO ROMANO Y LAS REDES SOCIALES” Cuando he leído a Posteguillo (autor entre otros de Los ...